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martes, 9 de octubre de 2007

RESUCITANDO AL MIEDO... EN GQ

En pleno mes de Halloween, el co-guionista de Hasta el viento tiene miedo, comparte el reto de traer de vuelta a la pantalla un clásico de fantasmas.

Por Mario P. Székely

Nunca sospeché que el cine del mexicano Carlos Enrique Taboada fuera a convertirse en esa puerta hacia el mundo donde las imágenes se vuelven emociones encerradas en fotogramas. Aquella película titulada Hasta el viento tiene miedo, que se estrenó en 1968 y que durante mi infancia se proyectase una y otra vez por televisión, estaba por ahí, casi olvidada, si bien a la espera de que un grupo de entusiastas decidieran desenterrarla y darle nueva vida.


La ocasión se me dio en un encuentro con un viejo amigo de viajes de trabajo: Gustavo Moheno. Ambos hemos sido periodistas por accidente y hasta críticos de cine con tal de estar lo más cerca posible del celuloide mientras la oportunidad para tomar la cámara se daba. Afortunadamente él había estudiado dirección de cine y tenía ya un par de cortos bajo el brazo; por mi parte, yo estaba ávido de soltar cualquier cosa que me distrajera con tal de estar cerca de la señal de: "¡Luces, cámara y acción!"

Me había enterado que Gustavo estaba reescribiendo Hasta el viento tiene miedo con la intención de dirigirla, mientras que yo podía recordar que nuestro célebre Guillermo del Toro alguna vez dijo que deseaba restaurar la original para presentarla a las nuevas generaciones (algo que nunca se llevó a cabo por lo complicado de adquirir los derechos del filme).

Tres años transcurrieron para que se concretara el argumento que Gustavo ya había iniciado con el guionista Alfonso Suárez Romero (Puños Rosas, 2005), para después pasarme la estafeta a mí y unirse también Ángel Pulido (Bajo la sal, 2008). No puedo hablar de una experiencia más absorbente y apasionante que aquella de pensar todas las noches en cómo Andrea, la fantasma de la cinta, desearía manifestarse a la audiencia del siglo XXI.

Luego vino el rodaje a finales del 2006. Y de todo lo acontecido a lo largo de más de un mes de filmación, es imposible olvidar la secuencia en que Martha Higareda, en su papel de Claudia, intenta arrojarse del borde de un puente del segundo piso del Periférico de la Ciudad de México, mientras la cámara de Moheno, montada en una grúa, la rodea como olfateando su miedo con la lente.


NUESTRAS CÓMPLICES


En la víspera de la Navidad de 2006 nadie podía saber si construir de nuevo la torre de Andrea en pleno bosque de Tlalpan era buena idea. Lo único cierto era que esta fortificación debería estar presente de manera invariable -como lo estuviera el Motel Bates en Psicosis- si es que deseábamos traer de vuelta la iconografía de Taboada.

"Esto no es un remake, sino una adaptación", nos dijo siempre Gustavo al momento de escribir. Por ello, cuando Martha Higareda sube los escalones de la desvencijada torre en pos del por qué un espectro le está llamando al oído por su nombre, ella no sólo está topándose con un personaje con intenciones de revancha, como en la versión original, sino con el miedo de cualquier adolescente que siente desazón por crecer y enfrentarse al mundo de los adultos.

Mientras que hace tres décadas a Taboada le fue suficiente un grupo de colegialas "niñas bien" que se rebelaban al desobedecer a Bernarda (Marga López), la directora del internado, ahora debíamos hundir más hondo el bisturí para reflejar la incertidumbre de las jóvenes ante padecimientos actuales como la anorexia y la bulimia, enfermedades que son producto de esa sensación de soledad que puede surgir al imitar el status quo de la moda y lo superficial.

A nueve meses de que se gritara el último "¡Corte!", la película está lista para recorrer el país en plena temporada de muertos y fantasmas, con actuaciones que sacuden el texto original de Taboada y lo llenan de sensaciones noveles en virtud del reparto formado por Higareda, Verónica Langer, Mónica Dionne, Danny Perea, Mafer Malo, Elizabeth Valdez, Magali Boysselle, Valeria y Cassandra Ciangherotti, sin olvidarnos del maravilloso y premeditado cameo de Alicia Bonet, quien encarnó a Claudia en la versión original.

En Hasta el viento tiene miedo (2007) existe una sensación nostálgica por aquel cine mexicano que ya se fue y que poco hizo por el género de terror, pero que, no obstante, el maestro Taboada sí logró plasmar en su filme ya que llevaba el talento en la sangre para hacerlo. Su torre solitaria en medio de la arboleda es ahora parte de nuestros sueños.

Ahora entiendo, más que nunca, la emoción de aquellos que jugaron con lo sobrenatural para entender un poco más la psicología humana. No puedo esperar al estreno para gritarle al mundo: ¡Está viva!

jueves, 20 de septiembre de 2007

MENSAJE DE MARIO P. SZÉKELY


Muchas gracias amigos de la "familia HVTM". Mi padre salió muy bien de la operación el día de ayer; incluso está rompiendo récord de recuperación. Momentos como estos sirven para saber que la razón por la que uno lucha por un sueño, no es otra que para compartirla con gente tan increíblemente sensible como ustedes.

¡Gracias en nombre de mi papá y de mi familia!

¡Nos vemos el 19 de octubre para abrir este sueño enlatado llamado "Hasta el viento tiene miedo"!

Con gran cariño, un gran abrazo para cada uno de ustedes.

Mario.

martes, 18 de septiembre de 2007

UN BESOTE A DON MARIO LUIS PACHECO FILELLA

Don Mario Luis Pacheco Filella, académico, incansable hacedor y promotor de la televisión cultural en nuestro país y padre de nuestro amigo Mario Pacheco Székely, co-guionista de Hasta el viento tiene miedo, se encuentra un poco delicado de salud, por lo que las actrices de la película le mandan el siguiente mensaje:

"Don Mario, esperamos de todo corazón que todo salga bien y se recupere muy pronto. Póngase guapo. ¡Nos vemos en la premiere de Hasta el viento tiene miedo!

Un besote de sus amigas:
Fuzz, Danny, Martha, Liz y Magali

Desde aquí, nuestros mejores deseos a Don Mario.

Irma y Mario, los papás de nuestro amigo.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

ENTREVISTA CON EL VAMPIRO... PERDÓN, CON EL GUIONISTA


Oriundo de la mancha defeña -donde dice odiar vivir- pero criado y educado en Salamanca, Guanajuato -donde afirma haber dejado varios corazones rotos (¡!)-, Ángel Pulido es, hoy por hoy, uno de los jóvenes talentos del guionismo nacional; o mejor dicho, de la escritura cinematográfica... para no herir susceptibilidades.

Ángel y Gustavo Moheno se conocieron a principios de este siglo cuando ambos fueron premiados en el concurso Cinescribir no hay cine -convocado por Videocine y la productora Imaginaria-, por los argumentos La venganza del valle de las muñecas y Edgar niño, respectivamente. Amantes del cine de géneros, la pureza del alma femenina y los taquitos al pastor de Álvaro Obregón, así como incansables defensores de la libertad de expresión, el slasher y las causas muertas, sólo era cuestión de tiempo para que estos dos se pusieran a colaborar en un guión cual grasa y tocino pegados a una sartén.

Y aunque Hasta el viento tiene miedo habrá de pasar a la posteridad como el primer crédito profesional del señor Pulido -claro, si omitimos su aplaudible trabajo para la teleserie El pantera-, la realidad es que justo en este momento -ora sí que as we speak- el visionario cineasta Mario Muñoz le está dando forma a otra de sus “monstruosas” creaciones: Bajo la sal, cinta protagonizada por Humberto Zurita, Plutarco Haza y la guapérrima Irene Azuela. Se trata de una megaproducción de Warner México, surgida a raíz, precisamente, de aquella historia titulada La venganza del valle de las muñecas.

Mario Muñoz dirigiendo a Zurita en Bajo la sal.

Por si fuera poco, Pulido también se encuentra dándole a una adaptación bien apocalíptica de la novela México sediento, de Francisco Martín Moreno, para la productora Decine y el director Alejandro Cachoúa; amén de que, en sus ratos libres, anda dejando colgada a su novia -la preciosa Dianita Saldaña- cocinando otra serie de proyectos con Moheno y el infaltable Mario P. Székely, mismos que se darán a conocer a su tiempo o de lo contrario se ceban.

Queda con ustedes este nuevo y aún no corrompido maestro de la narrativa cinematográfica…

Ángel, ¿qué fue lo que te impulsó a participar en la escritura de este remake?


Me parece que la película de Taboada es un ejercicio de cine de horror sobrio y elegante. Su escenario es un internado de señoritas -un ambiente represivo y aislado-, y si bien los valores de la sociedad de finales de los años 60 a la actualidad han cambiado mucho, sus personajes femeninos están pasando por un período de rebeldía que los pone en conflicto con la autoridad. Este tema es una constante para los jóvenes de todas las épocas. Por otro lado, me gusta mucho el manejo de la atmósfera de aislamiento que tiene la película, así como el protagonismo que da Taboada a los objetos inanimados: el piano, las flores, la soga, etcétera. Todos estos elementos la hacen una cinta con una temática muy universal que se traduce perfectamente a las sensibilidades de la audiencia actual. Además, el nuevo escenario de la película, un centro de desintoxicación para chicas con desórdenes de alimentación y problemas de adicción, nos permitió jugar con muchos temas nuevos que podían ser relevantes: el problema del suicidio entre adolescentes, la anorexia, la inseguridad y, finalmente, el poder curativo que tiene la amistad.


¿Crees que el género de horror puede ser usado para hablar de temas más universales como la adolescencia, el odio a la autoridad, etcétera?

Tradicionalmente, el género de horror se ha utilizado como metáfora para tratar otros asuntos. La guerra fría, la paranoia comunista, la tecnología, el aislamiento, la inmigración y la intolerancia son temas que el cine de horror ha tratado en distintos momentos. Esto, quizá, se deba a que el horror trata directamente con temas que como sociedad y como individuos nos asustan o nos confunden.

¿Puedes hablarnos de la psicología de los personajes principales?

Claudia es la protagonista de la historia. Es una chica que sufre un trastorno que le impide tener su menstruación como todas las chicas. Por este motivo se siente sola y aislada del mundo. La historia comienza cuando Claudia intenta suicidarse.


Josefina es una chica con un serio problema de personalidad. De hecho, es esquizofrénica. Es tímida a un extremo casi patológico y su principal problema es que siente que no conecta con nadie y no tiene una amiga verdadera.

Bernarda es la directora de la Casa Alquicira. Es una psiquiatra muy profesional y dedicada a su trabajo. De fuerte personalidad, es rígida cuando necesita serlo, pero también sabe escuchar a sus internas. Su principal problema es que, en contraste con su exitosa vida profesional, su vida personal está completamente vacía. Esta soledad la lleva a cometer varios errores terribles durante la historia.

Lucía es la ginecóloga y nutrióloga del lugar. Es bonita pero se viste y se siente como una solterona de mayor edad. Su personalidad ha quedado totalmente opacada por la de Bernarda y siente que su opinión no tiene tanta importancia. En el fondo, Lucía lo único que quiere es sentirse amada y protegida.

Andrea -el fantasma- es una chava que llegó a la clínica después de haber estado internada en varias instituciones. Es una niña increíblemente hermosa en contraste con un terrible trastorno de personalidad: es capaz de tener episodios de rabia casi psicóticos, seguidos de largos periodos en los que parece casi catatónica. Andrea es un demonio con el rostro de un ángel.


¿Cómo fue trabajar con Gustavo Moheno?

Trabajar con Gustavo fue para mí una experiencia de enorme aprendizaje. Yo sabía que Gustavo es un gran conocedor del género de horror -y de los demás géneros también-, pero lo que me reveló fue su gran intuición en el set, así como el enorme cariño con que preparaba cada escena con todas sus actrices.

¿Cómo te sentiste cuando fuiste al set y viste que lo que habías escrito estaba ya filmándose en un lugar físico en particular?

Siempre que un escritor ve sus ideas o sus palabras en la boca de otras personas, es una satisfacción enorme.

¿Cómo invitarías al público a ver Hasta el viento tiene miedo?


De entrada, en México casi no se hacen películas de género. Me da mucho gusto que con la nueva versión de Hasta el viento tiene miedo no nos limitamos a hacer una simple modernización del tema y el escenario de Taboada, sino que buscamos llevar la historia por otros caminos, introduciendo personajes nuevos con problemas diferentes, pero conservando el corazón de la historia hasta el final. Y eso es: una historia de horror muy entretenida, pero también con un gran corazón.

Haz "click" en la foto y diviértete tratando de descubrir dónde está Ángel Pulido.

jueves, 9 de agosto de 2007

CONOZCAN AL "OSO"


Incansable creador de dimensiones ocultas, herencia, quizá, de su traumática infancia pequeñoburguesa en Guadalajara, Jalisco (ciudad en la que aún reside por temor a las peceras y el smog del Distrito Federal), Alfonso Suárez Romero, el "Oso", ha escrito lo mismo novelas infantiles y juveniles (Maraca, Zapatos de cocodrilo), que guiones verdaderamente adultos como los de los cortometrajes Cruz y Señas Particulares, de Kenya Márquez; o esa joyita de culto que es el filme matamorense Puños Rosas (2004), de Beto Gómez. Recientemente, el "Oso" debutó también como director de largometraje con una película bastante rarita e inquietante protagonizada por Eduardo España, que financió él mismo, para la que sigue buscando apoyo para la postproducción (gente de dinero, anímense) y que hasta la semana pasada llevaba por título Ausencia.

Pero mientras llega esa lana para proyectar su ópera prima en Cannes, Alfonso nos entrega hoy, con su muy particular estilo, la primera parte de lo que, esperamos, será el recuento de cómo se involucró en la escritura de la nueva versión de Hasta el viento tiene miedo. Y claro, según él, todo lo que van a leer sucedió en realidad.

(EL) VÉRTIGO

Por Alfonso Suárez Romero (co-guionista)

Decido mirar por última vez hacia el vacío. Ésta sí debe ser la última. Me tiemblan las piernas. Son cuatro pisos cuesta abajo, más el mezzanine y la tiendita de la esquina. Seis en total. Vértigo absoluto. Por fin abro los ojos, entonces descubro a mi perro amarrado a una caseta de teléfono afuera de la tiendita de la esquina de donde casualmente sale mi mujer con una coca de dieta y un teléfono celular. Mi mujer acaricia al perro y después levanta su mirada que me encuentra, entonces ondea el celular.

-¡Te hablan!

¿Quién puede ser en este momento tan crucial? Debe ser alguien importante.


-¡¿Quién es?!
-¡Gustavo!
-¡¿Cuál Gustavo?! ¡No conozco a ningún Gustavo!

Mi mujer habla por el celular, parece entablar una conversación amistosa, como si conociera bien a la persona al otro lado de la línea.


-¡Dice que va a hacer una película de horror!

Parece que mi mujer ya se lleva de piquete de ombligo con el que está al otro lado de la línea y mi perro se orina descaradamente en el poste de la caseta telefónica. Mi mujer se vuelve hacia mí después de reírse de algún chiste de Gustavo.

-¡Ándale, no seas menso, te conviene!
-¡Es una trampa! ¡Gustavo no existe! ¡Gustavo es una invención tuya! ¡El cine mexicano de horror ya no existe más! ¡No voy a bajar!


¡Dios mío, qué vértigo! Me aferro con las uñas a la cornisa. Mejor bajo. Mi mujer me convida un trago de su coca de dieta, mi perro husmea el miedo que todavía no termina de bajar de mis piernas. Tomo la llamada. Es Gustavo Moheno. Sí. Lo conozco. Casi pierdo un oído gracias a él. Alejo un poco el teléfono celular de mis oídos pero alcanzo a escuchar su voz. Me habla de Carlos Enrique Taboada y de Hasta el Viento tiene Miedo. Cine mexicano de horror, ¿o es terror? ¿Quién sabe la diferencia? Mi mujer desamarra al perro.

-Lo voy a llevar al parque.

Mientras mi mujer se aleja con el perro, yo repaso mentalmente la filmografía completa del cine mexicano de horror (¿o terror?) de los últimos cuarenta años excluyendo las películas de luchadores, lo cual no requiere, por cierto, de ningún portentoso esfuerzo de memoria. En la noche no puedo dormir y mi mujer lo sabe.


-¿Cómo le vas a poner?
-¿A qué?
-A la historia del suicida.
-Ah... Vértigo.
-¿Vértigo? ¿Como la película?
-...El Vértigo.
-Lo que pasa es que tienes demasiadas influencias. Deberías intentar algo original cien por ciento.
-¿Cómo qué?


-Algo basado en ti, en tu vida, en alguna experiencia personal.
-¿Cómo qué?
-Escarba.
-No hay nada interesante.
-Escarba más, busca la raíz de todo.
-¿De todo? ¿Qué es todo?
-Pues todo.
-No tengo nada que contar.
-Todos tenemos historias.
-Hablo de buenas historias.
-Todos tenemos buenas historias.
-Hablo de buenas historias que puedan interesarles a los demás.
-Todos tenemos buenas historias que puedan interesarles a los demás. Hasta el Viento Tiene Miedo es una buena historia, yo vi la película cuando era chica y me asustó mucho, no pude dormir como en tres días. ¿Sale Lucía Méndez, no?
-Pero me acabas de decir que tengo que ser más personal, eso es un refrito.
-Por eso.
-¿Por eso qué?
-Va contigo, siempre andas pensando en cosas horribles. ¿De eso se trata la película, no? De cosas horribles.

Mi mujer se dio la vuelta poniendo fin a la conversación. Yo no pude dormir en tres días pensando en cosas horribles (CONTINUARÁ).


Alfonso Suárez, a la derecha, con el director Beto Gómez, durante el rodaje de "Puños Rosas"

martes, 7 de agosto de 2007

ETERNO RESPLANDOR DE LA ESQUIZOFRÉNICA JOSEFINA


Por Ángel Pulido (co-guionista)

Josefina Peña Labrada, o simplemente Jose, es la más pequeña de cuatro hermanas de una acaudalada familia originaria del estado de Hidalgo. El origen de la fortuna de la familia era una próspera mina de cantera que el padre de Josefina y sus dos medios hermanos heredaron de su abuelo al morir éste.

Con el paso del tiempo, el padre de Josefina, frustrado con la idea de no tener hijos varones para administrar la mina, decidió vender su parte y se mudó junto con su familia a la Ciudad de México, donde estableció un negocio de venta de maquinaria para la construcción.

Cuando Josefina nació, la hermana que le seguía le llevaba 18 años, por lo que Jose nunca tuvo a alguien de su edad con quién jugar. La madre de Jose era una señora ya mayor que no tenía la energía ni la paciencia para criar de nuevo a una bebé, así que dejó todo el cuidado de su hija a la nana. De hecho, durante toda su infancia, Josefina llamó “mamita” a su nana.

El tiempo pasó y, una a una, las hermanas de Jose se fueron casando y saliendo del hogar paterno. Cuando Jose volvía de la escuela se encontraba con nadie para hablar. Así, Josefina pasaba la mayor parte de su tiempo sola en la enorme casona de sus padres. A falta de amigos reales, Josefina comenzó a imaginarse a sus propios amigos desde muy temprana edad. Jose, de hecho, tenía muchos amigos imaginarios con los que jugaba a rescatar princesas de toda clase de peligros.

Cuando la última de sus hermanas se casó, sólo quedaron en casa Josefina, su nana y sus padres. Preocupada por el carácter tímido y retraído de la niña, su madre la inscribió en clases de piano, inglés y natación, pero nada de esto captaba la atención de Jose, quien prefería encerrarse en su habitación y jugar con sus siempre leales amigos imaginarios.


El padre de Josefina era un hombre bonachón que pasaba mucho tiempo en su trabajo o en el club de empresarios y nunca le prestó demasiada atención a su hija menor. En contraste, su madre era una mujer de carácter severo y altivo, muy preocupada por mantener las apariencias de una familia de clase acomodada.

Cuando Josefina entró a la secundaria, se enteró por boca de una de sus compañeras que en realidad ella era hija de su hermana mayor, pero que las habían hecho pasar por hermanas para evitar el escándalo. Al enterarse de esto, Josefina lloró un día completo, aunque nunca le comentó ni una palabra a su madre-abuela.

A partir de ese día, Josefina pareció abstraerse todavía más de la realidad. Pasaba horas enteras en su habitación leyendo novelas sobre princesas y reinos lejanos y conversando con sus amigos inventados.

La madre-abuela de Josefina, ya preocupada por la salud mental de su hija que hablaba con personajes invisibles, decidió llevarla a ver a un psiquiatra con la mayor discreción posible.

Por desgracia, la opinión del psiquiatra distó mucho de ser discreta. Josefina fue diagnosticada con una fase inicial de esquizofrenia, y el doctor recomendó tratar a Jose con una fuerte cantidad de antipsicóticos y antidepresivos. Pero lo peor es que si con esto no desaparecían las visiones de los “amigos” de Jose, no habría más remedio que un tratamiento de choques eléctricos.

La madre-abuela de Jose quedó devastada con la noticia. Para ella, una enfermedad mental era algo vergonzoso que nunca le permitiría a Jose integrarse de forma plena a la sociedad. Así que el camino a seguir era muy claro: Jose seguiría el tratamiento al pie de la letra si con eso había alguna posibilidad de curarla.


Josefina comenzó el tratamiento de drogas controladas que, por desgracia, tenía múltiples efectos secundarios. Pasaba el día entero en un estado parecido al sonambulismo, experimentando periodos de depresión intensa. Su madre-abuela decidió sacar a Jose del colegio hasta que el psiquiatra la diera de alta. Para colmo, la madre verdadera de Jose, -es decir, su hermana- se había casado con un italiano, tenía dos hijos y vivía en Europa, por lo que no tenía ninguna intención de regresar y hacerse cargo de la chica.

Convencida de que había algo malo en su mente y cansada de ver a la gente a su alrededor sintiéndose miserable, Josefina fue a visitar a su doctor y le pidió que hiciera lo que fuera necesario para curarla. El doctor se negó al principio, pero ante la insistencia de Jose, decidió seguir con la terapia de choques eléctricos.

Jose sintió morir las dos veces que la corriente eléctrica cruzó por su cuerpo, pero pensaba que todo el sufrimiento valdría la pena si al final se curaba. Más tarde, los padres-abuelos de Jose la localizaron en la clínica y, conmovidos por su valentía, la abrazaron y le pidieron perdón por haber sido tan egoístas con ella.

Las cosas mejoraron considerablemente en los meses siguientes. Jose no volvió a necesitar la terapia de choques eléctricos nunca más y sólo tomaba un medicamento para evitar posibles depresiones.

Jose se inscribió de nuevo a la escuela, pero al volver se sintió aún más como una completa extraña. Pese a la discreción de su madre-abuela, toda la escuela se había enterado de su problema y sus compañeros la miraban con extrañeza o de plano la evitaban. A pesar de esto, Jose hacía su mejor esfuerzo por ser amigable y quiso comenzar a hacer amigas cuanto antes.

Pero los esfuerzos de Jose eran inútiles. Poco a poco, Jose volvió a refugiarse en su propio mundo. Pasaba horas enteras en la biblioteca leyendo los cuentos de hadas que la hacían sentirse tan feliz, pero si sentía que alguien la observaba pretendía leer revistas de chismes y de modas.


Jose no comentaba nada de esto con sus padres-abuelos, que ahora la interrogaban todos los días cuando llegaba de la escuela. Jose les contaba que tenía muchas amigas; inventaba nombres y llamadas telefónicas que nunca ocurrían.

Una noche, Jose se retiró a su habitación y antes de dormir vio algo que no había visto en mucho tiempo: uno de sus amigos imaginarios de la infancia estaba de pie junto a su ventana, tal y como ella lo recordaba cuando era niña.

Sorprendida, Jose saludó a su amigo y se acercó a platicar con él. El amigo imaginario de Jose le advirtió que si los escuchaban hablar corrían el riesgo de que sus padres llamaran al doctor y entonces los tratamientos volverían. El amigo imaginario propuso que sería mejor si hablaban en el balcón de la ventana, porque era un lugar más silencioso. Jose estuvo de acuerdo y salió con su amigo imaginario al balcón. No obstante, la casa era vieja y la puerta del balcón hizo un rechinido que despertó al padre-abuelo de Jose.

Momentos después, Jose y su amigo invisible ya estaban en el balcón riendo y hablando como en los viejos tiempos. Hablaron de princesas, de príncipes y de la sensación de ser libre como un pájaro. Riendo, Jose se asomó a la orilla del viejo balcón y abrió sus brazos como si fuera un ave. Cuando el padre-abuelo de Josefina entró a la habitación de su hija, se encontró con algo muy distinto: Jose hablaba con alguien que no estaba ahí y parecía tener la intención de arrojarse al vacío.

Alarmado, el padre-abuelo de Jose le gritó que se detuviera, pero ya era demasiado tarde. El viejo balcón de herrería cedió ante el peso de Josefina, quien, gritando aterrada, cayó al jardín con todo y barandal. Por fortuna, unos arbustos mal podados detuvieron su caída y todo el asunto quedó en un tobillo roto y varios moretones en el cuerpo.

Hecha un manojo de nervios, la madre-abuela de Jose fue al día siguiente a hablar con el psiquiatra sobre la recaída de su hija. Tras pensarlo un momento, el doctor afirmó que lo mejor para Josefina sería estar internada en una institución donde se le pudiera atender adecuadamente y vigilar de forma constante. Abriendo un cajón de su escritorio, el hombre sacó unos folletos y se los mostró a la madre-abuela de Jose, afirmándole que ése lugar era de lo mejor y que con toda seguridad ahí podrían ayudarla.


La portada del folleto tenía impresas las palabras: “Casa Alquicira”. Y en ese lugar, Josefina conocería a una extraña y enigmática chica de largo cabello rubio que la marcaría para siempre, física y emocionalmente. ¿Su nombre? Andrea Ferrán.

Pero esa es otra historia...

sábado, 28 de julio de 2007

GUIONISTAS, LOS FEOS DE LA PELÍCULA


Por Ángel Pulido

En fechas recientes, específicamente a raíz del muy mediatizado divorcio artístico entre Alejandro González Iñárritu vs. Guillermo Arriaga, los ojos de la opinión pública nacional se enteraron de una realidad que muy pocas veces sale a la luz: que en toda película existe un guionista y (¡horror!) éste tiene un papel vital como creador y autor intelectual de la misma.


ÁNGEL PULIDO (cuarto y séptimo draft)








Pero, ¿a qué se debe que al guionista se le considere como una parte más bien pequeña en la concepción de una película, si se supone que él es el autor intelectual de la historia y los personajes que forman la columna vertebral del filme? La respuesta más sencilla puede ser: no lo sé. Quizá se deba a la visión meramente comercial de algunos productores de que la historia está al servicio de la película y no al revés.

Es muy conocida la anécdota que William Faulkner trabajó un tiempo para la Warner Bros. como guionista bajo contrato. Un buen día un productor entró a la oficina donde los guionistas tenían que estar ocho horas diarias escribiendo y se encontró a Faulkner meditabundo, mirando por una ventana. Furioso, el productor le preguntó por qué no estaba escribiendo.

-Porque estoy pensando- respondió Faulkner.
-No le pago por pensar, sino por escribir- reclamó el indignado productor.

Esa historia nos da una idea del papel que tradicionalmente ha tenido el guionista en la industria del cine. Poco más que un molesto requisito previo antes de iniciar el rodaje. Algo así como la tía gorda que hay que ir a saludar antes de pasar a la fiesta para festejar con las primas guapas y glamorosas. Pero no por ser considerado como un mal menor, la participación del guionista es un asunto rápido e indoloro.

No es casualidad que el santo patrono de los guionistas sea Sísifo, héroe griego condenado por Hades a empujar una pesada piedra por una colina que, momentos antes de llegar a la cima, resbala hasta caer al fondo y tiene que comenzar de nuevo desde el principio. Al igual que en la tragedia de Sísifo, no es extraño que un guionista tenga que hacer decenas de tratamientos a su historia para que, la mayoría de las veces, se regrese a la versión original.


ÁLFONSO SUÁREZ ROMERO (primero y segundo draft)








Otro gran problema con el que se encuentra el guionista (o escritor de cine, para no herir susceptibilidades) es la absurda creencia popular de que cualquier persona con tres dedos de frente y una máquina de escribir puede concebir una historia para cine por el simple hecho de haber visto muchas películas. Esto sería lo mismo que creer que el haber visto muchas operaciones de apéndice me capacita para ser cirujano.

En resumen, el trabajo del guionista se queda en el papel y su participación en la producción de la película se reduce al mínimo. Pero la situación parece haber cambiado un poco. Algunos guionistas ya son reconocibles por el público. Nombres como Charlie Kauffman (¿Quieres ser John Malkovich?, El Ladrón de Orquídeas), Richard Curtis (Un lugar llamado Nothing Hill, Realmente amor) y Guillermo Arriaga (Los tres entierros de Melquiades Estrada, Babel) son un punto importante para la promoción de sus películas y se anuncian con letras tan grandes como las del director y los actores.


MARIO P. SZÉKELY (quinto y sexto draft)





Pero más allá de las actitudes de víctima que son muy propias de los escritores, ¿podemos considerar al guionista como el verdadero autor de una película? La respuesta, yo pienso, es no. Aunque en mi corazón apoyo la posición de Guillermo Arriaga del escritor como auteur total, la verdad es que una historia escrita en papel necesita de un enorme esfuerzo de un pequeño ejército de artistas y técnicos para llevarla a la realidad. El fin último de un guión no es su lectura, sino convertirse en un producto fílmico, y si este guión pasa por la talentosa visión de un fotógrafo, el apoyo incondicional de un buen productor y la sensible interpretación de un director, el resultado es algo que supera por mucho las intenciones originales del escritor.


GUSTAVO MOHENO (tercer draft y draft final)



El guión inicial debe crecer, cambiar, incluir nuevas y mejores ideas. Así, el resultado se vuelve mayor que la suma de sus partes. Ya sé que eso es sólo el decir de un cliché. Pero es un hermoso cliché.

Nota de Wind Master
Este texto apareció originalmente publicado en la revista Cine Premiere de julio de 2007.
Se escribieron 8 drafts distintos de Hasta el viento tiene miedo. La versión final contiene elementos de todos los escritores.

domingo, 22 de julio de 2007

¿QUIÉN ES CLAUDIA?

    
Por Ángel Pulido (co-guionista)

Claudia Villegas Velázquez es hija única del matrimonio que alguna vez formaron el doctor Ulises Villegas y la licenciada en derecho Alicia Velázquez.

Desde muy pequeña, Claudia fue criada en un ambiente familiar con fuertes raíces cristianas. El padre de Claudia, un laico comprometido de la congregación de los Hermanos Javerianos, le inculcó a su familia los sentimientos de compasión y ayuda al prójimo con los que trataba de regir su vida. Su mujer, Alicia, provenía de una familia de académicos con tendencias izquierdistas y era mucho menos piadosa que su marido, pero en honor al enorme amor y admiración que le profesaba a Ulises, terminó adaptándose al estilo de vida comprometido con la iglesia que demandaba el buen corazón del doctor.

De hecho, fue debido a los actos de ayuda desinteresada del doctor Villegas que Alicia conoció al que sería su marido. El encuentro se dio en un hospital de Balbuena, donde el doctor prestaba sus servicios de manera gratuita a personas de escasos recursos. Esa noche, el hermano de Alicia, Juan Carlos, había sufrido un aparatoso accidente automovilístico y fue gracias a la intervención del doctor Villegas que el hermano de Alicia fue atendido de inmediato en Urgencias. Esa noche sucederían dos cosas muy importantes en la vida de Alicia: una, por primera vez en su vida, rezó a Dios por la salud de su hermano y, dos, conoció al que sería el amor de su vida.

Entonces, Dios pareció responder a la plegaria de Alicia llenando su vida de bendiciones. No sólo su hermano se recuperó completamente, sino que el ángel de la guarda que conoció en el hospital le propondría matrimonio luego de un noviazgo bastante breve.

La boda fue un evento íntimo y maravilloso. Una vez casados, el doctor combinó sus prácticas gratuitas en hospitales públicos con consultas privadas. Alicia, influida por las nobles acciones de su esposo, consiguió trabajo como asesora legal en una fundación de protección a los derechos humanos. Todo parecía como salido de un cuento de hadas.

Justo cuando parecía no caber más felicidad en la vida de la madura pareja, nació Claudia. El doctor Villegas estaba fuera de sí de tanta felicidad. Le pidió a su esposa que renunciara a su trabajo y se dedicara de tiempo completo a su hija. Alicia aceptó encantada. Pero pronto se hizo evidente el gran esfuerzo que el doctor realizaba para cumplir todos sus compromisos laborales, mismos que lo dejaban completamente exhausto y comenzaban a minar su buen carácter. Sin embargo, las fuertes bases de amor y generosidad que imperaban en la casa del doctor parecían ser más que suficientes para superar cualquier adversidad.

Insistiendo en que su hija recibiera la mejor educación posible, Claudia entró a una escuela privada de monjas al sur de la ciudad, donde desde muy joven dio muestras de una gran inteligencia y un carácter fresco y alegre. Alicia se encargaba de llevar a Claudia a la escuela y de tener su hogar con una apariencia impecable, mientras su marido pasaba todo el día ausente, trabajando.

La relación de Claudia con su papá era muy especial: su padre era al mismo tiempo amoroso, consentidor, chistoso, cómplice. Y aunque Claudia creció siendo una niña feliz, rodeada de cuidado y atenciones, lo único que le faltaba para ser la niña más feliz del mundo era tener alguien con quien jugar. Claudia le pedía llorando a su papá un hermanito, pero el doctor era categórico: por el momento no podían darse el lujo de aumentar la familia. Y aunque Alicia apoyaba a su marido, en secreto esperaba muy pronto poder complacer a su hija con un nuevo integrante en la feliz familia.

Al cumplir doce años, Claudia se inscribió en el coro de la escuela donde cantaban temas religiosos. De hecho, cantar era lo que Claudia disfrutaba más que nada en el mundo. Cerraba los ojos y gritaba a todo pulmón sus alegres himnos de alabanza a Dios. Incluso, por esas fechas cruzó por su mente la idea de volverse monja y dedicar su vida al servicio del Señor.

Fue justo durante una de esas tardes, llegando de sus prácticas del coro, cuando Claudia se enteró de la noticia que devastaría su vida: su padre, el buen doctor, había abandonado a su mamá. Aparentemente se había enamorado de una paciente argentina, madre de unos gemelos. Y para colmo, su padre esperaba ya nueva familia con la otra mujer. El golpe para Claudia fue devastador. Toda su vida había vivido rodeada de sermones sobre el amor y sobre ayudar a los necesitados, y ahora su propio padre se largaba para darle amor a otra familia que no era la suya.

También para Alicia el golpe fue brutal. En todos sus años de matrimonio nunca se había preocupado por poner sus bienes a su nombre y ahora su marido le exigía de vuelta lo que él afirmaba que era suyo. Alicia se vio obligada a dejar su casa y conformarse con una paupérrima pensión fijada por un influyente abogado de la misma congregación de su marido.

La noche que Claudia terminó de empacar sus cosas de la que hasta ese día había sido su casa, fue el momento más terrible de su vida. Claudia lloró por horas tratando de convencer a su padre que no las dejara, jurando que sería mejor hija. Pero el doctor parecía víctima de un embrujo y, tras consolar a su hija con unas cuantas frases hechas, la hizo a un lado y cerró la puerta del camión de mudanzas que la alejaría de su vida para siempre.

Esa fue la primera vez que Claudia pensó seriamente en quitarse la vida.

     
Alicia pasó muchos meses peregrinando entre la casa de sus padres y la de su hermano, hasta que consiguió trabajo en una dependencia de gobierno y rentó un pequeño departamento. Claudia tuvo que cambiarse de escuela y nunca volvió a frecuentar a su grupo de amigas. Perdió el interés en la música y, sobre todo, en la religión. Claudia no entendía cómo un Dios al que ella estaba dispuesta a entregarle su vida, podía dejarla abandonada de tal manera.

Alicia, en cambio, buscó refugio en la iglesia. Sintiéndose traicionada, se volvió retraída y recelosa de los hombres. Para colmo, Claudia la culpaba por no haber luchado por conservar a su padre.

La relación entre Claudia y su madre se fue tornando fría y lejana. Claudia pasaba todo el día afuera con sus nuevas amigas de la secundaria y Alicia dividía su tiempo entre la oficina y su grupo de educación en la fe. Tan profunda se hizo la brecha entre ambas que Alicia nunca se dio cuenta que su hija llegaba en condiciones cada vez peores de las fiestas a las que comenzó a asistir regularmente.

En una actitud escapista y temeraria, Claudia comenzó a experimentar con todas las sensaciones posibles: tabaco y alcohol durante la secundaria, tachas y cocaína en la prepa. Cada vez era más notorio en Claudia un comportamiento contradictorio, casi bipolar: en compañía de sus amigos era alegre, ocurrente, osada; mientras que en su vida familiar era reservada, distante, melancólica.

Para colmo, Claudia acababa de cumplir dieciséis años y una revisión de rutina en la enfermería revelaría que posiblemente nunca podría tener hijos.

Deprimida, Claudia buscó ayuda con su padre, pero el doctor Villegas se desentendió del asunto. Después de colgar el teléfono, Claudia se sintió más sola y miserable que nunca. Esa misma noche, Claudia se encerró en su habitación, se puso su pijama y sus audífonos y se tomó un frasco de pastillas para dormir de su mamá junto con media botella de vodka.

Lo que salvó a Claudia de morir esa noche fue que, cuando cayó dormida, el cable de los audífonos se desconectó y la música empezó a escucharse por las bocinas. Alicia despertó y al no obtener respuesta de su hija, abrió la puerta y descubrió a Claudia tirada en el suelo, con terribles convulsiones.

Claudia pasó una semana en el hospital, recuperándose.

    
Alicia la acompañaba de día y de noche, mientras que su padre, preocupado y arrepentido por su falta de interés, la visitaba diariamente. Fue durante esos pocos días que Claudia sintió de nuevo que tenía una familia.

Por desgracia, tan pronto Claudia salió del hospital las cosas regresaron a ser cómo eran antes. El doctor volvió con su familia nueva y Alicia regresó a su iglesia y a sus ocupaciones. Así mismo, el lavado de estómago que le salvó la vida a Claudia, tuvo también un efecto inesperado: Claudia comenzó a tenerle asco a la comida, amén de que en su cabecita se hizo a la idea que entre menos comiera mejor se vería... como una modelo. Craso error.

Después del intento de suicidio de su hija, Alicia se volvió más severa con Claudia. Como le prohibía cerrar la puerta de su habitación, el único lugar de la casa donde Claudia tenía un poco de privacidad era el baño. Y cada noche, después de cenar, Claudia se encerraba en el baño y vomitaba todo lo que había comido sin que su madre se percatara.

Cuando las cosas parecían ir de nuevo a peor, Claudia conoció a un chico en un antro con el que de inmediato se identificó: Hugo. Hugo era un par de años mayor que Claudia y tenía un aire de melancólico misterio en la mirada. Claudia y Hugo se volvieron inseparables por un tiempo y las cosas parecían mejorar. Alicia no aceptaba del todo al nuevo novio de su hija, pero Hugo parecía querer a Claudia sinceramente, por lo que Alicia hizo a un lado sus prejuicios.

En efecto, Hugo quería a Claudia, pero no tenía ninguna intención de embarcarse en una relación demasiado seria. Rápidamente, Hugo dirigió su relación con Claudia hacia donde él deseaba. Mucho sexo y drogas fuertes se volvieron las bases de la relación. Una noche, Claudia estaba particularmente intensa y le propuso un pacto suicida a su novio: antes de que su amor cayera en la misma rutina de todas las demás parejas, Claudia prefería acabar con su vida y esperaba que Hugo hiciera lo mismo. Hugo se tomó a juego las palabras de Claudia pero accedió a hacer el pacto.

Días más tarde, Hugo llamó a Claudia para cancelar una cita. Esa noche, Claudia y su mamá discutieron por el tema de la comida y Claudia salió de su casa azotando la puerta. En la calle, Claudia se encontró con una amiga de la prepa que traía ganas de juerga. Eligieron el mismo antro donde Claudia había conocido a Hugo ya que el lugar le traía buenos recuerdos. Un par de vodka tonics más tarde, Claudia y su amiga entraron al baño para tomarse un par de tachas y ahí fue donde Claudia se topó con una escena familiar.

Recargado en el mismo rincón donde se conocieron, Claudia descubrió a Hugo besando apasionadamente a una chica. El cuerpo de Claudia se arqueó como si fuera a vomitar, pero como su estómago estaba vacío, no consiguió arrojar nada.

Ciega de ira, Claudia se acercó a Hugo y le dio una bofetada en el rostro. Al verse sorprendido, la primera reacción de Hugo fue reclamarle a Claudia que lo siguiera a todos lados, robándole el espacio que necesitaba para vivir. Con los ojos bañados en llanto, Claudia dio media vuelta, dejando atrás a Hugo y todos los buenos recuerdos que le causaba el lugar donde se habían conocido.

Esa noche, Claudia tomó el auto de su madre y condujo por horas sin rumbo fijo por toda la ciudad. Casi sin darse cuenta, terminó estacionándose en el segundo piso del periférico. Bajó del coche. Debajo de ella, un río de luces pasaba de un lado a otro a gran velocidad.

Entonces, con los movimientos de un autómata, Claudia brincó el barandal donde se iniciaba la vía a medio construir y, mirando al horizonte, quedó de pie en el lado externo del segundo piso, a pocos centímetros de una muerte segura.

    
Así, Claudia se quedó largo rato contemplando el vacío sin emoción alguna, pensando en lo que pasaría si ella no estuviera más en el mundo, mientras los primeros rayos de sol comenzaban a iluminar la ciudad…